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CONSAGRACIÓN

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El Señor Jesús dijo: “porque sin Mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5), y han pasado ya más de 1930 años desde que esta expresión fue dicha, pero la verdad grande es que lo que en ella se encierra, no ha mermado en lo mínimo, pues lo mismo está diciéndonos el Señor en este preciso momento.

Lo curioso del caso es que, sabiendo esto muy bien, cuando menos nos hemos dado cuenta lo olvidamos, y ahí nos tiene el Señor, muy ocupados en hacer la obra de Dios, pero no confiando en Él como deberíamos, sino confiando en nuestra famosa “experiencia”. Es cierto que cuando nos convertimos al Señor, siendo aún niños, para todo clamábamos a Él; pero a cada cristiano le ha pasado, que transcurriendo los días, se empieza a confiar (y si se confiara en el Señor estaría bueno), pero a confiar en sí mismo: esta audacia del demonio es tan sutil, que a muchos cristianos los tiene engañados en estos días, y si se les dice, no lo creen. Tú que estás leyendo estas líneas querido hermano, sabes que esto es verdad, y las pruebas las tenemos en nuestro propio medio, pues cuántos de los hijos de Dios están conformes con vivir una vida religiosa moral, en una rutina desabrida que los ha llevado poco a poco a vivir, no la vida de libertad con que Cristo nos ha hecho libres (Gál. 5:1), sino enredados y maneados con las cosas, costumbres y modas del mundo, oyendo con pesadez la voz del Maestro que nos invita a allegarnos más a Él; pero que fácil se creen del enemigo para hacer lo contrario. Esto que menciono aquí, les está aconteciendo a muchos fieles, pero no solo a ellos, sino también a ministros; ya hemos escrito de ello otras veces, hemos predicado una y muchas veces sobre el caso, y después de todo, seguimos oyendo la voz del Señor, diciéndonos: “sin Mí, nada podéis hacer” (Jn. 15:5). ¿Qué nos resta pues? Solamente reconocer nuestra impotencia, y poner a un lado todas nuestras armas humanas, sabiendo que son solamente parches que no permanecerán, y puntales que tarde o temprano se habrán de caer.

Al escribir estas letras yo mismo confieso delante de mi Dios, que cuántas veces me ha pasado que me sorprendo a mí mismo, queriendo arreglar los problemas o vencer las dificultades (ahora sean personales, familiares, o de la obra de Dios), confiando en mis propias fuerzas, como lo hizo mi hermano Pedro, cuando después de haber caminado sobre el agua unos cuantos pasos mirando al Señor, se confió un poquito en sí mismo y al instante comenzó a hundirse; pero también sé (y es lo que en el momento presente estoy experimentando) que así como mi hermano Pedro empezó a hundirse, se acordó de levantar su voz clamando al Señor, y así también nosotros, lo debemos hacer hoy en este día, yo y mis compañeros ministros y todos los hijos de Dios. Repito, hay que ser sinceros y confesar, diciendo las palabras del Salmista: “enfermedad mía es esta” (Sal. 77:10), pues no lo podemos negar. Vayamos cayendo de rodillas y, con lágrimas, pedirle a nuestro Señor Jesucristo que nos perdone lo insensato que somos, y que nos ayude para poder vencer en lo presente y poder seguir llevando en lo futuro Su yugo como conviene (Mt. 11:29).

¿Por qué hemos propuesto que este año sea de consagración? ¿Por qué hemos convenido en presentarnos al Señor en oración, ayunos y vigilias? ¡PORQUE TENEMOS GRANDE NECESIDAD! ¡Hay mucha mundanalidad en la Iglesia, hay mucha pereza espiritual en muchos cristianos, hay muchas almas perdiéndose en derredor nuestro! ¿Podremos ser victoriosos a fuerza de reuniones? ¿Cambiaremos los corazones con amenazas de juicio? La voz de mi Señor Jesucristo se hace oír desde los cielos, diciéndonos: “PORQUE SIN MÍ, NADA PODÉIS HACER” (Jn. 15:5).  ¡Yo quiero creer con todo mi corazón a esa sagrada sentencia! Le pido a mi Dios que mantenga mis ojos abiertos para que siempre pueda ver esta verdad. Él nos está diciendo a cada día: “Allegaos a Mí y Yo me allegaré a vosotros”.

Mis compañeros y mis hermanos que pueden entender con el corazón estas palabras, suplico en el Nombre del Señor que las respalden. Alleguémonos a Él, y Él hará que Su Iglesia, sea una Iglesia más espiritual, Él convertirá los corazones, Él derramará de Su Espíritu Santo, Él enderezará los pasos de los desviados, Él es quien lo puede hacer todo, y le pedimos que lo haga porque reconocemos que nosotros no podemos hacer nada, ni arreglar nada de nosotros mismos; aun queremos consagrarnos, y necesitamos que Él nos ayude para poderlo hacer, porque… “sin Él, nada podemos hacer” (Jn. 15:5). OREMOS: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre. Venga tu reino. Sea hecha Tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. Danos hoy nuestro pan cotidiano. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal: porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén” (Mt. 6:9-13).

Dios te bendiga.

Pastor Efraim Valverde, Sr.

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