Cristiano gentil,
 ¿amas a los Judíos?

“Acordaos que en otro tiempo vosotros los Gentiles en la carne… estabais sin Cristo, alejados de la república de Israel, y extranjeros a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef. 2:11-12).

Este es solamente un breve tratado, redactado con el fin específico de provocar el interés y llamar la atención de los “Cristianos Gentiles” concerniente a un tema que implica vida o muerte. Los Judíos son los descendientes naturales de Israel; los “Gentiles” somos todas las demás razas y naciones que no pertenecemos (por el linaje de sangre) a Israel y al pueblo Judío.

Si tú, mi estimado lector “Gentil”, profesas ser cristiano y reconoces la verdad declarada en la Escritura Sagrada inicial, tienes una bendición muy especial en tu alma. Pero, en cambio, si fueres uno de aquellos que voluntaria y conscientemente “ignoran este misterio” (Rom. 11:25), te advierto que tu vida espiritual está en peligro, y paso a explicarte por qué.

Por lo regular, se escribe y se habla ampliamente sobre la salvación del alma por medio de la fe en nuestro Señor Jesucristo. Pero, en cambio, es muy poco lo que se escribe o se dice sobre una importantísima verdad que también nuestro Señor Jesucristo declaró, cuando dijo que “la salud (salvación) viene de los Judíos” (Jn. 4:22). Esto, nosotros no lo podemos negar.

Recordemos que la salvación que nosotros reclamamos haber recibido, ha venido por conducto del pueblo Judío. Ahora nosotros, los “Gentiles”, al creer y aceptar a Cristo Jesús el Señor como nuestro Salvador, por la fe en Él, “ya no sois (somos) extranjeros ni advenedizos, sino juntamente ciudadanos con los santos, y domésticos de Dios” (Ef. 2:19).

Al desconocer voluntariamente la verdad ya explicada, quien quiera que fuere el “Cristiano Gentil”, automáticamente se echa encima el juicio de Dios. No amar a Israel, es decir, no amar al pueblo Judío, acarrea una maldición que sólo se puede quitar al cambiar de actitud. Esto puede sonar muy duro y muy raro para algunos, pero la verdad es que el Dios Todopoderoso es quien así lo ha dicho y establecido.

Hace cuatro mil años, aproximadamente, que el Dios Eterno escogió a un hombre llamado Abram, de la tierra de los Caldeos. Dios hizo a Abram “Su amigo” y le cambió el nombre a Abraham, que quiere decir “padre de naciones,” y lo bendijo con una bendición muy especial, diciéndole: “Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré” (Gn. 12:3). Esta bendición la continuó Dios con Israel, el pueblo del linaje de Abraham conforme a las promesas.

Conforme a la promesa de Dios dada a Abraham, le nació un hijo al cual llamó Isaac, y a Isaac en su turno le nació un hijo, al cual llamó Jacob. Dios también le cambió el nombre a Jacob y le llamó Israel, que quiere decir “príncipe de Dios”. A Jacob le nacieron doce hijos que encabezaron las doce tribus, de las cuales se formó la nación Israelita. Es esta nación la que, desde entonces y hasta ahora, escogió Dios como un pueblo Especial entre todas las razas y naciones de la Tierra. El pueblo Judío vive hasta hoy, y ha regresado a la Tierra Santa, la Tierra de Israel.

Fue este pueblo entonces el que en sus tiempos, por sus patriarcas, profetas y apóstoles, Dios usó para traer a este mundo el tesoro más preciado que el humano puede obtener, la Palabra de Dios: LA SANTA BIBLIA. Pues si no fuere por Su Santa Palabra, este mundo fuera cual un oscuro calabozo sin ventanas y sin luz. Pues solamente por la Biblia podemos saber quién es Dios, quiénes somos nosotros, cuál es nuestro propósito en esta vida y qué es lo que nos espera en la eternidad.

Así como Dios quiso usar al pueblo Judío como un instrumento especial para hacer llegar hasta nosotros la Santa Biblia, cuando Él se manifestó en carne aquí (humanidad), Él conformó Su humanidad (engendrado y concebido del Espíritu, Mt. 1:18-20; Jn. 8:23) a semblanza y apariencia del pueblo Judío (mas no de la sangre de una humanidad caída). El apóstol Pablo, refiriéndose a los Judíos nos dice: “que son Israelitas, de los cuales es la adopción, y la gloria, y el pacto, y la data de la ley, y el culto, y las promesas; cuyos son los padres, y de los cuales es Cristo según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Rom. 9:4-5).

La Biblia llegó hasta nosotros por conducto de los Judíos, aunque muchos lo nieguen o digan lo contrario, y el tema que en breve nos ha ocupado es tan amplio como la Biblia misma. El diablo sabe que lo dicho en este tratado es la verdad; sabe muy bien que Israel, el pueblo Judío, es el pueblo Escogido de Dios, y que la bendición que Dios le dio a Abraham está firme hasta el día de hoy.

Satanás ha tratado siempre de destruir a esta Raza Bendita de Dios, como lo podemos comprobar en el macabro “Holocausto”, perpetrado por Hitler durante la 2da Guerra Mundial. Por cerca de dos mil años ha turbado la mente del profesante cristianismo para que desprecie, odie y persiga al pueblo mismo de donde proviene nuestra salvación. Y hasta hoy muchos “Cristianos y Ministros Gentiles” siguen ignorando a Israel y al pueblo Judío, diciendo que Dios ya lo desechó, y que la Iglesia nada tiene que ver ahora con los Judíos. Mas la verdad está viva: “No ha desechado Dios a Su pueblo, al cual antes conoció” (Rom. 11:2). Pues, al contrario, en este último tiempo Dios los ha usado para cumplir grandes señales y profecías. El día de la redención de Israel ya está cerca, pues la Escritura nos declara que cuando “haya entrado la plenitud de los Gentiles… todo Israel será salvo” (Rom. 11:25-26). A Israel, no lo van a convertir los “Cristianos Gentiles”, sino que el Mesías (Jesús el Señor) los convertirá cuando aparezca en la gloria de Su segunda venida y, ¡ELLOS LO VERÁN Y CREERÁN EN ÉL!

Hoy, el ministerio de los verdaderos “Cristianos Gentiles” es amar y bendecir al pueblo de la Biblia. Bendecir a Israel, bendecir y consolar a Jerusalem. La advertencia divina permanece firme y continúa diciendo: “Benditos los que te bendijeren, y malditos los que te maldijeren” (Núm. 24:9; Gn. 12:3).

Dios te bendiga.
Pastor Efraim Valverde, Sr.

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