¡Israel cumple 70 años!

“De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama se enternece, y las hojas brotan, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando viereis todas estas cosas, sabed que está cercano, a las puertas. De cierto os digo, que no pasará esta generación, que todas estas cosas no acontezcan” (Mt. 24:32-34).

¿A quién dijo estas Palabras el Señor Jesús? Ciertamente que no fue a los que estaban en pie hace ya más de 19 siglos y medio, puesto que “aquella” generación hace mucho que “duerme en el polvo de la tierra” (Dn. 12:2). El consenso entre la gran mayoría de los intérpretes proféticos cristianos, es que esas Palabras son dirigidas por el Señor a la generación que ha visto a la “higuera reverdecer”, o sea a la generación que le ha tocado el privilegio de ver que Israel ha vuelto a ser un Estado constituido, y “esta generación” somos nosotros.

Estamos celebrando el 70 aniversario de Israel, de haber sido reinstituido y contado “oficialmente”, como una de las naciones de la tierra. Este acontecimiento nos impulsa a los cristianos que estamos despiertos, para mirar el “Reloj de Dios” (Dn. 9:24), y a hacernos hoy una serie de preguntas, tales como: ¿Qué es lo que habrá de acontecer en el resto de los siguientes años? ¿Qué es lo que habrá de resultar de la presente situación por la que está pasando el Estado Israelí, la cual no tiene solución humana posible?¿Quéirá a hacer Dios con los aproximadamente ocho millones (8,000,000) de Judíos de la Diáspora (Esparcimiento)?

Para estas preguntas y todas las demás que pudiéremos añadir, no hay humano capacitado para poder contestarlas en forma definitiva y específica. Pero una cosa sí podemos hacer, y esto es el fijar nuestra atención en el “Reloj de Dios” (Dn. 9:24), como lo es Israel, y tratar de leer lo más exactamente que nos fuere posible, la hora profética en la que estamos hoy viviendo, porque “el tiempo es cumplido”.

Insisto que el hecho de estar despiertos hoy (los que lo estamos), a la realidad del cumplimiento de esta portentosa profecía, no es un privilegio común dado por el Señor a todos los cristianos. Pues son muchos a los que no les ha sido de Dios el entenderlo, y así “ignoran este misterio”, quedando por lo tanto, expuestos al consecuente peligro (Rom. 11:25).

Debemos, pues, apreciar este privilegio en todo lo que vale, y darle continuamente gracias al Eterno por ello. Mas cabe aquí citar un razonamiento que continuamente he señalado al pueblo de Dios, y este es: ¿cómo podremos apreciar algo si no lo conocemos, cuando menos al grado mínimo necesario para poderlo apreciar? Es por lo tanto, imperativo, que mi compañero en el ministerio, mis hermanos y mis hermanas en el Señor, tengan en su conocimiento aunque fuere elementalmente, tanto las Escrituras básica sobre este tema vital, como los detalles principales, ahora tanto históricos como contemporáneos, en relación a Israel y al pueblo Judío.

Por mi parte, doy muchas gracias a mi Dios, quien ha querido en los últimos 22 años de mi ministerio, abrir mis ojos espirituales para entender cada día más la importantísima relación que existe, de acuerdo a las Sagradas Escrituras, entre el pueblo Judío (ahora tanto en Israel como en la Diáspora) y la Iglesia entre los gentiles, que por años he considerado que me ha sido un privilegio el hablar y escribir sobre este tema para instrucción y beneficio de los hijos de Dios.

Pasemos pues, ahora, a considerar como ya lo he señalado antes, tanto las partes Escriturales relacionadas con el lugar del pueblo Judío en el plan de salvación de Dios, como también los datos históricos que durante los 20 últimos siglos, y mayormente durante el siglo XX, sobresalen como altos montes en el horizonte de Dios. Pues Israel vive por providencia Divina y, por lo tanto, hoy en la Tierra y Ciudad Santa: Jerusalem, también hay vidas que vibran por el inminente retorno del Mesías.

ESCRITURAS PROFÉTICAS FUNDAMENTALES

Habiendo pecado nuestros primeros padres, Dios prometió el advenimiento de una simiente que habría de herir a la serpiente (el diablo) en la cabeza (Gn. 3:15). La línea de esa simiente real principia con el justo Abel, quien después de su muerte fue sustituido por su hermano Seth. Y así esta línea de la simiente escogida continúa y pasa el diluvio en la persona de Noé, y de ahí sigue por Sem y su descendencia hasta llegar a Abraham, el amigo de Dios (Is. 41:8).

Son al patriarca Abraham, a su hijo Isaac, y a Jacob (hijo de su hijo), a quienes el Señor declara y confirma la promesa de bendición para una nación escogida y especial que habría de salir de sus lomos: “Y haré (el Señor) de ti (Abraham) una nación grande, y bendecirte he, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición: Y bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren, maldeciré: y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Gn. 12:2-3). “Y apareciósele el Señor (a Isaac), y díjole: ...Yo seré contigo, y te bendeciré; porque a ti y a tu simiente daré todas estas tierras, y confirmaré el juramento que juré a Abraham tu padre: Y multiplicaré tu simiente como las estrellas del cielo, y daré a tu simiente...” (Gn. 26:2- 4). “ Y soñó (Jacob), y he aquí una escala que estaba apoyada en tierra, y su cabeza tocaba en el cielo: y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella.Y he aquí,el Señor estaba en lo alto de ella, el cual dijo: Yo soy el Señor, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac: la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu simiente. Y será tu simiente como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, y al oriente, y al aquilón, y al mediodía; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente” (Gn. 28:12-14).

De Jacob (Israel) nacieron 12 hijos, que a su tiempo formaron las 12 tribus de la nación Israelita que, después de 430 años, salieron de la esclavitud de Egipto convertidos en una grande multitud, para recibir en el Sinaí la Ley de Dios por mano de Moisés. Después de peregrinar 40 años en el desierto, entraron a la Tierra Prometida de Canaán por mano de Josué, de acuerdo con lo prometido por el Señor a los patriarcas.

La historia bíblica sigue describiéndonos tanto los acontecimientos positivos, como los negativos del pueblo escogido de Dios. A lo largo de los siglos subsiguientes, leemos de sus conquistas y establecimiento en la Tierra Prometida; el periodo de los Jueces, el establecimiento de la monarquía y la consolidación del reino por mano de David. En Salomón, vive Israel su “edad de oro”, siendo el acontecimiento cumbre: la edificación del hermosísimo Templo de Dios en Jerusalem, en el Monte Moria.
Con la muerte de Salomón empieza el declive, seguido con la división del reino en dos partes, hasta llegar al exilio y a la transmigración; esta, empezando primero con el reino del norte: Israel (por medio de Asiria en el año 556 AEC), y luego el del sur, casi 134 años después: Judá (por medio de Babilonia en el año 422 AEC, de acuerdo a la cronología Judía). La caída de Jerusalem y la destrucción del Templo marcan un cambio radical en la historia del pueblo Judío.

Después de 70 años de exilio, Judá es regresado a la Tierra Santa y reedifica a Jerusalem, sus muros y el Templo, en una escala nunca comparable en esplendor y gloria con el primero. El lamento de Jeremías, las exhortaciones de Isaías, de Ezequiel y los demás profetas de Israel, llenan las páginas del Antiguo Testamento y cierran, con sus tremendas advertencias y profecías, el canon sagrado de la primera parte del Libro Santo: LA BIBLIA.

De ahí principia el tiempo del silencio de Dios, que dura aproximadamente 400 años, en que no hay visión, ni profeta, ni vidente de Dios. Es durante este periodo cuando Matías Macabeo y sus hijos, recapturan y purifican el Templo que había sido violado por los representantes de la cultura helénica. Mas aparece entonces el poderío romano, y el pueblo Judío vuelve a perder nuevamente su autonomía. Bajo la autoridad del César de Roma, Herodes engrandece y embellece el Segundo Templo, del cual el Señor Jesús hecha fuera a los cambiadores (Mt. 21:12-13; Jn. 2:13- 17).

Es entre el pueblo escogido donde Dios, la Simiente Santa, se manifestó en carne, en semblanza y apariencia del pueblo Judío. “Porque un Niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre Su hombro: y llamaráse Su Nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Is. 9:6). Juan Bautista, en el espíritu del ministerio de Elías, introduce al “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” ( Jn. 1:29). Las palabras proféticas de Simeón, se cumplen en el ministerio terrenal del Señor: “Entonces él (Simeón) le tomó (al Niño Jesús) en sus brazos, y bendijo a Dios, y dijo: Ahora despides, Señor, a tu siervo, conforme a Tu Palabra, en paz; porque han visto mis ojos Tu salvación, la cual has aparejado en presencia de todos los pueblos; luz para ser revelada a los Gentiles, y la gloria de Tu pueblo Israel” (Lc. 2:28-32).


El Señor mismo declara el lugar especial del pueblo Judío en el plan de salvación cuando dice, hablando con la samaritana: “Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros (los Judíos) adoramos lo que sabemos: porque la salud (salvación) viene de los Judíos” ( Jn. 4:22). El apóstol Pablo reconfirma esta verdad, señalando: “Que son Israelitas, de los cuales es la adopción, y la gloria, y el pacto, y la data de la ley, y el culto, y las promesas; cuyos son los padres, y de los cuales es Cristo según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Rom. 9:4-5). Y a la vez especifica que, “no ha desechado Dios a Su pueblo, al cual antes conoció” (Rom. 11:2); y exhorta a los cristianos gentiles, diciendo: “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis acerca de vosotros mismos arrogantes: que el endurecimiento en parte ha acontecido en Israel, hasta que haya entrado la plenitud de los Gentiles” (Rom. 11:25).

El Mesías que Israel espera vino, pero a ellos no les fue dado que lo reconocieran, sino que les fue puesto “el velo” que hasta este día permanece en sus ojos (2 Cor. 3:13-16). Pues era necesario que “Dios encerrare a todos en incredulidad, para tener misericordia de todos” (Rom. 11:32). Y así, por el desconocimiento de ellos, vino la salud a los gentiles (Rom. 11:11-15). Pues si ellos (los príncipes de Israel) lo hubieran conocido, “nunca hubieran crucificado al Señor de gloria” (1 Cor. 2:8), y entonces nosotros, “los perrillos” (Mt. 15:26) que estábamos fuera, hubiéramos quedado para siempre “sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef. 2:12).

Dios prometió, por boca de Jeremías, que la simiente de Israel no dejaría nunca de ser: “Así ha dicho el Señor, que da el sol para luz del día, las leyes de la luna y de las estrellas para luz de la noche; que parte la mar y braman sus ondas; el Señor de los ejércitos es Su Nombre: Si estas leyes faltaren delante de Mí, dice el Señor, también la simiente de Israel faltará para no ser nación delante de Mí todos los días. Así ha dicho el Señor: Si los cielos arriba se pueden medir, y buscarse abajo los fundamentos de la tierra, también Yo desecharé toda la simiente de Israel por todo lo que hicieron, dice el Señor” ( Jer. 31:35-37).

El Señor formó a la nación Judía para traer, por medio de ellos, la bendición suprema para la humanidad: El Libro de la Vida (la Santa Biblia) y al Redentor del mundo, Jesucristo nuestro bendito Salvador. La Iglesia fue establecida en Israel, y a su tiempo la salvación se extendió a los gentiles, de acuerdo a lo anticipado por el mismo Señor, quien dijo: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquellas también me conviene traer, y oirán Mi voz; y habrá un rebaño, y un Pastor” ( Jn. 10:16).

Ahora la obra de la redención queda consumada y establecida, y podemos resumirla en las palabras del apóstol Pablo: “ Y sin contradicción, grande es el misterio de la piedad: Dios ha sido manifestado en carne; ha sido justificado con el Espíritu; ha sido visto de los ángeles; ha sido predicado a los Gentiles; ha sido creído en el mundo; ha sido recibido en gloria” (1 Tim. 3:16). Mas el pueblo escogido no se acaba ni mucho menos desaparece, sino que sigue ahora su curso en la historia de los últimos más de 19 siglos, pagando un precio por nuestra bendición.

HISTORIA ANTIGUA Y CONTEMPORÁNEA

El Señor anticipó el segundo y tremendo Esparcimiento de Su pueblo, diciendo: “ Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones: y Jerusalem será hollada de las gentes, hasta que los tiempos de las gentes sean cumplidos” (Lc. 21:24). Señaló, inclusive, en forma específica la caída del Segundo Templo (Mt. 24:1-2).

En el año 67 de nuestra era, la ciudad de Jerusalem fue sitiada por los ejércitos romanos al mando del general Tito. Después de tres terribles años de sitio, en el año 70 E.C., 40 años después de haberlo profetizado el Señor, la ciudad cayó. El Templo fue violado y destruido, de acuerdo a lo profetizado por Daniel profeta, y reconfirmado por el Señor (Dn. 9:2627; Mt. 24:15-20; Mr. 13:14-18; Lc. 21:20- 24). Israel dejó de ser contado entre las naciones, y así empezó el exilio de los siglos en el que “el Judío errante”, anduvo por todas las naciones de la tierra como peregrino, sin casa y sin hogar propio, despreciado y aborrecido.

Varias veces da razón la historia, los Judíos trataron de recapturar su tierra, la tierra que a Abraham y a su simiente le fue prometida, pero no era en esos siglos el tiempo de Dios para que regresaran. Inclusive, en esos tiempos la Roma Imperial trató de borrar por completo la memoria de Israel, arrasando hasta sus cimientos la ciudad de Jerusalem, y cambiando el nombre de ella por Aelia Capitolina.

La historia de 18 siglos está repleta de datos y acontecimientos relacionados con el pueblo escogido. Tanto de sus triunfos y glorias como de sus interminables sufrimientos, persecuciones y masacres a manos de las diferentes naciones entre las que peregrinó. Las historias de muchos países están teñidas con la sangre del “Judío errante”, en quien se ha cumplido inexorablemente un distintivo único: “Empero por Tu causa nos matan cada día; somos tenidos como ovejas para el matadero” (Sal. 44:22). El pueblo escogido de Dios ha pagado y sigue pagando hasta hoy, un precio muy único por el privilegio, precisamente, de haber sido escogido por Dios para ser usado como vaso especial para la bendición del mundo.

Mas aquí está ahora la ironía más tremenda de los siglos: El mayor y más terrible verdugo que ha tenido el pueblo Judío durante los últimos 16 siglos, no ha sido el ateísmo ni el paganismo, sino el cristianismo. Ha sido la llamada “Iglesia cristiana” la que, al grito de que “los Judíos crucificaron a Cristo”, ha enseñado al profesante cristianismo en su gran mayoría, a que desprecien, odien, persigan y aun maten a la simiente natural de Abraham, creyendo que con ello hacen servicio a Dios ( Jn. 16:2).

Solamente los verdaderos cristianos han entendido siempre, que debemos de amar al pueblo escogido de Dios. Al pueblo del cual “viene nuestra salud (salvación)” ( Jn. 4:22). Solamente los verdaderos cristianos podemos hacer nuestro, también, el distintivo especial del pueblo escogido: “Estimados coma ovejas de matadero” (Rom. 8:36). Solamente los verdaderos cristianos podemos entender y aun sentir el dolor de “ese pueblo que ahora es nuestro pueblo, y cuyo Dios es ahora también nuestro Dios” (Rt. 1:16). Los verdaderos cristianos podemos entender que pronto viene ya el día en que no seremos ya más como dos rebaños, sino que “habrá un rebaño, y un Pastor” ( Jn. 10:16).

No ha sido el cristianismo entre los gentiles, el que ha sido llamado para que “convierta” a Israel a “la religión cristiana”. Pues 16 siglos de experimento “misionero” entre el Judaísmo, deben de ser más que suficiente prueba para que el cristianismo nominal se convenza, de que el Único que habrá de convertir el corazón del pueblo Judío es Aquel quien puso en ellos el velo, el Señor, el Dios de Israel: “Y’shua Hamashiach Adonai”. Él es quien, en Su Segunda Venida, redimirá a Su pueblo escogido.
Lo que el “cristianismo” nominal ha hecho, en su celo sin ciencia de los siglos pasados, es fomentar el resentimiento, la mala voluntad y aun el terror en el corazón del Judío, con relación a un “cristo” que lo maldice, lo condena y aun lo mata. Ese “cristo” es falso. Ese “cristo” es nada menos que el anticristo.

Jesús el Señor, el Rey de Israel, el Mesías que pronto se manifestará a Su pueblo, es el mismo Dios que escogió a ese pueblo desde la antigüedad, y nunca lo ha desechado ni ha dejado de amarlo. Lo ha azotado, ciertamente (como lo hace también con Su Iglesia), pero no para mal sino para bien, “porque el Señor (el Padre) al que ama castiga, y azota a cualquiera que recibe por hijo” (Heb. 12:5-7). En cambio, Él ha dicho que va a juzgar a las gentes y a las naciones que han afligido, y aún tuvieren de afligir a Su pueblo (Zc. 2:8-9).

EL PRIMER CONGRESO SIONISTA

A fines del siglo XIX, en Francia, uno de los países europeos autodenominados cristianos, se hizo un juicio injusto a un militar Judío, Alfredo Dreyfus. El caso estuvo tenido con fuertes tintes de antisemitismo. Este juicio impulsó a un periodista Judío, Teodoro Herzl, a iniciar una campaña más de defensa y emancipación del sufrido y perseguido pueblo Judío. La idea de Herzl estaba basada en la esperanza de los siglos del “Judío errante”, de volver nuevamente a la Tierra Prometida para ser otra vez una nación. Herzl, incluso, escribió un libro o especie de tratado que tituló, precisamente: “El Estado Judío”. Como resultado de todos los esfuerzos de Herzl, al comunicar sus ideales a las mentes de los Judíos residentes en los países europeos, en el año 1897, en la ciudad de Basilea, Suiza, se llevó a cabo el primer congreso “Sionista”, y así es como se convino llamar a este movimiento.

La mano del Eterno estaba en este negocio, pues ello eran los inicios del cumplimiento de la grande y portentosa profecía de los siglos: El retorno del pueblo esparcido a la Tierra Prometida, anunciado una y muchas veces por los antiguos profetas de Israel. Después de este primer congreso sionista siguieron otros muchos más. Como resultado de los primeros congresos, se logró la emigración en masa de muchos Judíos europeos hacia lo que entonces era conocida coma la Palestina, que estaba entonces bajo el gobierno y control de los turcos. La operación sionista consistía en que los Judíos pudientes en Europa, financiaban la emigración de los Judíos entre las masas, que estaban dispuestos a comprar tierra y establecerse en la Palestina. Principiando el siglo XX, empezó a tomar auge el establecimiento de los primeros kibutz sionistas (ejidos comunales) en la Palestina, y con ello el aumento continuo de la población Judía en la Tierra Prometida. Fue en los primeros años del siglo XX, cuando empezó a ser poblada la presente Jerusalem moderna, al poniente de la ciudad amurallada antigua. En esos años también fue fundada la moderna metrópoli de Tel-Aviv, en las playas del Mediterráneo. Los terrenos desérticos comprados por los Judíos emigrantes a los árabes terratenientes, muchas de las veces por precios desorbitantes, empezaron a producir para sorpresa de sus anteriores dueños, en una forma como nadie de ellos se imaginaba.

Al norte del valle de Jezreel estaban los pantanos incultivables, infestados de mosquitos de malaria, que por siglos no producían otra cosa más que fiebre y muerte a los pocos que se atrevían a habitar en esas áreas. Ahora, los colonizadores sionistas, plantaron eucaliptos en los bordes de los pantanos y el alcanfor acabó con los mosquitos. A los pocos años, los desiertos empezaron a convertirse en vergeles y los pantanos en tierra pingüe y fructífera en forma sobrenatural. La lluvia, que por siglos se había ausentado y había convertido a la Tierra Santa en un semidesierto, ahora empezó a caer en forma abundante (este fenómeno ha sido comprobado científicamente por los expertos meteorólogos). La Tierra de Israel, cual la novia que esperaba al amado, empezó ahora a vibrar con una vida que por siglos no había tenido.

Llegó el año 1914, y con él la iniciación de la Primera Guerra Mundial. El movimiento sionista, en parte, fue afectado pero no detenido. Al terminar la guerra en 1917, los turcos habían perdido el control del Medio Oriente, inclusive el de Palestina, y ahora los ingleses empezaron con su “mandato”, el cual al poco tiempo fue hecho oficial por la Liga de las Naciones. Los líderes sionistas, que primero habían tratado con los turcos, buscando del gobierno otomán la autorización para establecer el Estado Judío en alguna porción de la Palestina, ahora pensaron que su sueño estaba por realizarse al tener Inglaterra la autoridad para decidir sobre este respecto. Inclusive, el ministro de exterior de Inglaterra, Arturo Balfour, prometió a los líderes sionistas el presentar la solicitud al gobierno inglés, para establecer en toda la Palestina “un hogar para los Judíos”.

Pero la desilusión para los Judíos fue grande, al ver que pasaron los años y la oferta prometida nunca se cumplió. La razón fue que los árabes, tanto los habitantes de la Palestina como de las regiones adyacentes,ensuresentimientodeceloen contra de los Judíos, que ahora estaban ya por unos 20 años prosperando en la Tierra Santa, presionaron a tal grado al gobierno del Mandato Inglés, que lo hicieron desistir de su promesa hecha a los Judíos.

Las cosas ahora cambiaron, pues los Judíos, viéndose no solamente engañados y defraudados, sino también amenazados por sus enemigos gratuitos, de ser echados por la fuerza fuera de la Tierra Prometida, empezaron a usar las armas en forma más definitiva no solamente para defenderse de los árabes belicosos, sino también para atacar ahora las instalaciones militares del Mandato Inglés. Así la pugna continuó, creció y arreció durante el decenio de los 20’s y gran parte de los 30’s, hasta 1939, cuando la Alemania Nazi, al mando de Adolfo Hitler, empezó a invadir las naciones europeas y provocó la explosión de la Segunda Guerra Mundial.

LOS “DOLORES DE PARTO”

Para ese tiempo en Europa, pero en forma más particular en Alemania, el horrible monstruo del antisemitismo había mostrado su asqueroso rostro, y los Judíos habían sido ya reducidos a vivir en los tristemente famosos “guetos”. Habían sido ya privados de todos sus derechos civiles y aun de sus propiedades. La guerra arreció, y con las conquistas germanas, aumentó la persecución y luego las matanzas en masa de los Judíos de Europa. Miles y millones de ellos pasaron de los “guetos” a los campos de concentración y de allí a las cámaras de gas, y por fin a los hornos para ser sistemáticamente aniquilados por la diabólica maquinaria asesina de la Alemania Nazi.

Un buen número de Judíos lograron escapar al principio de este macabro periodo, pero la mayoría fueron exterminados entre los años 1942 a 1944. Más de seis millones (6,000,000) en total de seres humanos, cuyo único pecado consistía en ser, por herencia, miembros naturales del pueblo escogido de Dios, fueron llevados sistemáticamente a la muerte en las formas más horribles y macabras que la mente humana pudiere concebir.

Como podemos fácilmente entenderlo, las historias existentes de lo que ahora recordamos como el Holocausto son incontables. Lo único que aquí puedo decir, es que este macabro acontecimiento, efectuado en pleno siglo llamado de la civilización intelectual, de la industria y de la ciencia, es único en todos los anales de la historia humana. Pues nunca, en ningún tiempo y en ninguna otra nación, había acontecido algo semejante al terrible Holocausto. Lo único que cabe aquí decir, es que la misteriosa señal de la “mujer vestida del sol, ...con dolores de parto” (Ap. 12:1-2), tenía que cumplirse y, por tanto la raza Judía (la mujer), tuvo terribles dolores de parto (el Holocausto) y dio a luz un hijo (el nuevo Estado de Israel), en el año 1948. Después de casi 19 siglos de exilio, realmente nadie creía que “el Judío errante” volviera a establecerse como una nación autónoma, como un Estado, precisamente en la “Tierra Prometida”. Pues, inclusive, durante el curso del movimiento sionista, antes del establecimiento de Israel, en varias ocasiones les fue ofrecido a los Judíos que se establecieran en algunas partes, tanto de África como de Sudamérica. Mas este no era el caso, pues la Palabra del Eterno tenía que cumplirse al pie de la letra, y Él mismo lo reconfirmó cuando dijo: “El cielo y la tierra pasarán, mas Mis Palabras no pasarán” (Mr. 13:31; Lc. 21:33).

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, con la derrota de los países del Eje, compuestos por Alemania, Italia y Japón, los Judíos sionistas continuaron presionando al gobierno del Mandato Inglés por medio de las armas, y a las Naciones Unidas por medio de la política, para que se les concediera su petición de establecerse en la Palestina como un Estado Judío autónomo. Inclusive, ahora la presión opuesta por parte de los nuevos Estados árabes era aún más fuerte; pues la idea determinante de éstos, era impedir a todo costo el que a los Judíos se les reconociera su solicitud. Inglaterra se convenció de que él no iba a solucionar el problema de “la partición” de la Palestina entre los Judíos y los árabes, y dejó entonces la determinación en el seno de las Naciones Unidas.

Para ese tiempo, el año de 1947, había ya en Palestina como seiscientos mil Judíos (600,000) establecidos en kibutzs (ejidos), colonias y villas, desde el desierto del Negev al sur de Judea, hasta los montes de Galilea al norte de Israel: La Jerusalem moderna estaba definitivamente establecida, como también Tel-Aviv y las otras ciudades habitadas exclusivamente por Judíos. La pugna, el terrorismo y la muerte entre árabes y Judíos era ya para ese tiempo una corriente destructiva que nadie tenía la suficiente capacidad o poder para detenerla. Las Naciones Unidas, reunidas en Nueva York, E.U.A., señalaron la fecha del 29 de noviembredeeseaño,1947,paratomarpor votación de las dos terceras partes de los Estados integrantes, la resolución sobre la partición de la Palestina, para dar lugar al establecimiento de dos nuevos Estados autónomos, uno Árabe y otro Judío.

Los Judíos estaban a favor de la partición,a pesar de que la indefensible faja de tierra que se les estaba ofreciendo a lo largo de la costa del Mediterráneo, era menos que una décima parte de lo que se les había ofrecido por Balfour en el año 1917. Pero lo que ellos deseaban ya, era tener un lugar de la Tierra Prometida, por más pequeño que este fuere, para poder decir y sentir que tenían casa otra vez, después de (unos largos) 1,877 años de exilio y de esparcimiento por todas las naciones de la tierra. Los árabes, en cambio, estaban en contra de la resolución de la partición, pues ellos no aceptaban el que hubiera dos Estados en la Palestina, sino que querían toda la tierra para ellos y que los Judíos sionistas fueran evacuados y regresados a Europa.

La fecha señalada llegó, y en esa noche, en la Tierra escogida por el Creador, la tensión nerviosa era terrible. Nadie dormía a pesar de ser las horas de la madrugada en Medio Oriente. La votación en Nueva York principió por la tarde, y uno por uno de los delegados representantes de los 57 Estados, que entonces integraban las Naciones Unidas (con excepción de un país que estuvo ausente en la sesión), empezaron a ponerse en pie y a dar el voto a favor o en contra de la resolución para la partición de la Palestina. Insisto que se había anticipado que la aprobación no podía ser por mayoría simple, sino que se requería una mayoría de dos terceras partes de la Asamblea Mundial allí representada.

La mano del Señor estaba sobre la votación, pues para sorpresa del mundo entero, y para mayor ira de las naciones árabes, Rusia y sus países satélite votaron a favor de la resolución. Hasta este día a Rusia le ha pesado mil veces el haber votado a favor, pero es que en su ateísmo, no entiende que el Dios de Israel juega con los poderosos de la tierra para hacer conforme a Su santa y soberana voluntad.

Cuando se oyó el voto a favor que selló la resolución, en las casas y en las calles de las ciudades Judías en la Palestina, en los kibutzs, colonias y villas, los Judíos danzaban, saltaban, cantaban, gritaban. Se abrazaban unos a otros, una y muchas veces. Los ancianos lloraban incontrolablemente embargados por la emoción, al mirar que la comunidad mundial había dado su aprobación para que el pueblo Judío del Esparcimiento, pudiera ser establecido nuevamente en su tierra después de casi 19 siglos de exilio.

Los árabes, en cambio, en aquella misma hora determinaron el unir y redoblar sus fuerzas para impedir que se implementara la resolución de la partición de la tierra. Por lo tanto, al amanecer el nuevo día, la pugna, la disensión y el terrorismo aumentaron aún más. El gobierno de Inglaterra fijó la fecha del 14 de mayo de 1948 para terminar su mandato, quitándose así de en medio del conflicto y dejando que las dos partes beligerantes, Judíos y árabes, resolvieran como mejor pudieren su irresoluble situación. Los Judíos entendían muy bien que los meses que seguían eran cruciales para ellos, eran de vida o de muerte. Sabían que si ellos se reducían ahora solamente “a dormir en sus laureles”, estaban completamente perdidos.

Ciertamente que la resolución de la partición estaba ahora aprobada por las Naciones Unidas, pero los Judíos sabían que al tratar los árabes de aniquilarlos, ninguna nación iba a intervenir para defenderlos. Inmediatamente entendieron que la misma Inglaterra, que acababa de evacuar sus soldados, estaba de acuerdo con los árabes para que impidieran la partición a como diera lugar. Además, ellos reconocían que eran muchas las desventajas en su contra, pero muchos otros presentían que la mano del Dios de Israel estaba en el negocio. David Ben-Gurión (uno de los fundadores del nuevo Estado Israelí y el primer ministro del nuevo gobierno) dijo: “Yo creo en los milagros, ciertamente, pero también creo que es necesario trabajar duro para que se cumplan”. Y en el caso, eso precisamente fue lo que aconteció desde el 29 de noviembre de 1947 al 14 de mayo de 1948.

Desde el momento en que Israel no era aún un Estado establecido, no tenía un ejército debidamente organizado. Las bandas clandestinas guerrilleras eran varias, siendo la mayor y en cierta forma la “oficial”, la Haganá. Las armas que poseían los Judíos eran rudimentarias y muy limitadas, pues no siendo aún un Estado reconocido, no podían comprar oficialmente armamentos militares en ninguna parte del mundo. El número de los Judíos en comparación con los árabes era increíblemente desproporcional: Un poco más de medio millón (500,000) de Judíos, en contra de más de cien millones (100,000,000) de árabes. Además, las líneas divisorias de defensa eran completamente desventajosas para ellos. La misma ciudad de Jerusalem moderna estaba rodeada por los árabes, y para llegar hacia ella desde Tel-Aviv, era necesario hacerlo por una estrecha faja de tierra de cerca de 50 kilómetros de largo, amenazada por todos los flancos por los árabes.

Entrando el año 1948, los árabes estrangularon el corredor hacia Jerusalem y pusieron sitio a la ciudad (la historia de ese sitio es algo que recomiendo que lea todo cristiano verdadero). Los acontecimientos de esos meses tienen una resemblanza admirable a las historias de las guerras antiguas de Israel, descritas en el Libro Santo. Pues como dijo Ben-Gurión: “el milagro ciertamente lo hizo Dios, pero Él quiso que costara mucho sacrificio y sangre por parte de Su pueblo escogido”.

Los Judíos prevalecieron y así pudieron estar preparados para declarar el establecimiento del Estado de Israel, unas cuantas horas antes de la media noche del 14 de mayo de 1948, cuando la bandera de Inglaterra fue bajada del asta por sus soldados y la bandera azul y blanca con la estrella de David al centro fue alzada en esa misma hora por los guerrilleros Judíos (quienes también en esa misma hora quedaron convertidos en soldados y oficiales del ejército Israelí). La profecía de los siglos se cumplió, y el sueño del “Judío errante” se volvió realidad.

EL ESTADO DE ISRAEL RESUCITÓ

¿Quién oyó cosa semejante? ¿quién vió cosa tal? ¿parirá la tierra en un día? ¿nacerá una nación de una vez?” (Is. 66:8).

En medio de la algazara de esas horas de la noche, de ese día 14 de mayo de 1948, mientras los Israelíes cantaban, danzaban, lloraban, etc., llegó la primera llamada oficial de reconocimiento al nuevo Estado que acababa de nacer: El presidente Harry Truman, de los Estados Unidos de Norteamérica, dio la bienvenida a Israel al seno de la familia de las naciones en la tierra. Felicitó al primer ministro de Israel en ese entonces, David Ben-Gurión, y deseó la bendición de Dios sobre la naciente nación. Otras naciones más siguieron el mismo ejemplo esa misma madrugada.

Mas no todo fue de gozo en ese nuevo día, pues en esas mismas horas de la madrugada, los ejércitos árabes circunvecinos se confabularon para unir y combinar sus ejércitos y destruir así (según ellos) al Estado Judío que acababa de ser establecido. Egipto y Arabia Saudita atacaron por el sur, Jordania e Iraq atacaron por el este, y Siria y Líbano atacaron por el norte.

Las estaciones de radio árabes anunciaban a toda la población árabe que habitaba en Palestina, que evacuaran sus hogares y salieran de la tierra por unas cuantas horas, mientras los ejércitos árabes con artillería pesada, tanques y aviones, acababan de una vez por todas a los Judíos, echándolos al mar y recapturando toda la tierra.

Más de medio millón de árabes civiles salieron, de acuerdo a las instrucciones de sus líderes. La gran parte de ellos hasta hoy, después de todos estos años transcurridos, aún están esperando que Israel desaparezca del mapa para volver a sus lugares. Al firmarse el armisticio, después de más de un año de este ataque, Israel quedó con mayor porción de tierra que en la partición.

No era posible que el naciente Estado fuere destruido, por la sencilla razón de que el tiempo señalado por el Dios de Israel había llegado. Israel tenía que volver nuevamente a su tierra y a la escena mundial. Las líneas divisorias señaladas en el armisticio aún daban mucho que desear en relación de la defensa de Israel. Judea y Samaria (llamadas hasta este día por la prensa mundial “el Banco del Occidente” del Jordán), incluyendo la ciudad amurallada antigua de Jerusalem, quedaron en poder de los jordanos. Por tal razón, todo este periodo de tiempo, ningún Judío Israelí podía visitar y ni siquiera acercarse a la Pared Occidental (la llamada “Pared de los Lamentos”), que es el sitio más sagrado hasta hoy para todo el Judaísmo.

La Franja de Gaza, al sur de Israel, quedó bajo el control de los egipcios. Los Altos del Golán, al norte de Israel, quedó bajo el control de los sirios. Pero tanto los habitantes de Judea y Samaria, y de la antigua Jerusalem, como los habitantes de Gaza y de los Altos del Golán, nunca quisieron ni trataron de establecerse como un Estado autónomo, sino que siguieron con su insistencia de reclamar toda la tierra y de borrar al Estado de Israel del mapa.

De sus posiciones estratégicas en los Altos del Golán, los sirios continuaron bombardeando los asentamientos Israelíes, establecidos en el lado oriental del lago de Genesaret. A lo largo de toda la línea divisoria entre el “Banco Occidental” e Israel propio, los terroristas árabes se infiltraban constantemente para atacar, destruir y matar a todos los que les era posible, incluyendo a niños, mujeres y ancianos Judíos.

En el sur, Egipto estuvo haciendo lo mismo usando a los habitantes de Gaza, a los cuales por su parte, el gobierno egipcio nunca aceptó que inmigraran a su país. Israel, por su parte, en medio de todas estas contrariedades, amenazas y ataques de sus enemigos, siguió en pie y prosperando. El siguiente milagro en Israel, después de su mismo establecimiento, fue la emigración de los Judíos, que de más de 40 países fueron movidos en muchas formas (algunas de ellas marcadamente sobrenaturales) para regresar a la Tierra Prometida. En menos de 10 años desde su establecimiento, la población de Israel aumentó de medio millón a más de tres millones de Judíos. Imposible es el poder narrar los muchos detalles de los acontecimientos de esos primeros años de la vida de Israel.

CONCLUSIÓN Y ADVERTENCIA

Para terminar, advierto a cada uno de los verdaderos cristianos que aquí estuvieren leyendo, que lo escrito no es para que lo lean como un relato histórico e informativo solamente. El propósito principal que hay en esto, que mi Señor y Dios ha puesto en mi corazón que aquí escriba, es el que mi hermano y mi hermana en la fe, como también mi compañero amado en el santo ministerio de Cristo el Señor, vea con toda claridad la hora en que estamos viviendo y no se deje llevar por la terrible corriente de desvío que está turbando hoy al mismo cristianismo. Pues tenemos que reconocer que es fácil el ser arrastrados por esa ola de confusión, que es mucho más fuerte y poderosa que nosotros, y que solamente el poder de Dios es el que puede librarnos.

Lo dicho ha sido el tema de mi prédica ya por una vida, y lo seguirá siendo mientras mi Señor Jesús me tenga en pie ministrando a Sus santos aquí en la tierra. Pues no se trata solamente de vivir apartados de la vida de inmoralidad que prevalece en el mundo, sino también de vivir apartados de esa vida cristiana de apariencia, santificada ciertamente por fuera ante los ojos de los hombres, pero por dentro llena de vanidad, orgullo religioso, intrigas y de políticas “espirituales”, etc., que son las “inmundicias del espíritu” (2 Cor. 7:1).

Pueblo del Señor, miembros y ministros, hombres y mujeres, mayores y jóvenes, en todas las partes del mundo, fijémonos bien en el RELOJ DE DIOS y veamos ¿qué hora es?, porque, ¡EL TIEMPO ES CUMPLIDO!

¿Quiénes vamos a hacer esto? Los verdaderos cristianos que hoy hemos entendido que ESE PUEBLO ES NUESTRO PUEBLO, Y QUE EL DIOS DE ESE PUEBLO, ES NUESTRO DIOS (Rt. 1:16). Aquellos que entendemos que viene ya pronto el maravilloso día cuando ellos (el pueblo Judío) y nosotros (los verdaderos cristianos entre los gentiles), ya no seremos como dos manadas diferentes, sino que “habrá un rebaño”, bajo el cuidado cariñoso de “un Pastor”, ¡Jesús el Señor! ( Jn. 10:16).

Dios te bendiga.

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