La vocación santa del ministerio

Sin temor a equivocarme, puedo decir que no existe entre todos los oficios debajo de este cielo, otro más grande, más santo y más sublime, que el llamamiento para ser MINISTRO DE CRISTO EL SEÑOR.

Es el oficio que aun los mismos ángeles con santa codicia anhelan y desean, el oficio que relativamente a muy pocos hombres es conferido, un oficio que a diferencia de todos los demás, no sólo principia en esta vida, para cumplirse, sino también para ser recompensado para siempre en la eternidad. El Espíritu Santo habló por Daniel profeta, diciendo: “y los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan a justicia la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad” (Dn. 12:3). Uno de los hombres más eminentes en este oficio, el apóstol Pablo, nos dice: “ Téngannos los hombres por ministros de Cristo, y dispensadores de los misterios de Dios” (1 Cor. 4:1). Muchas otras porciones de la Escritura pudiera citar para comprobar lo sublime de la vocación santa del ministerio, pero más bien trato de fijar la atención de cada uno de nosotros en el precio y la condición para poseer esta honra: “Mas ahora se requiere en los dispensadores, QUE CADA UNO SEA HALLADO FIEL” (1 Cor. 4:2).

Ahora pregunto: ¿hallado el en qué? ¿En asistir con puntualidad a los cultos? ¿En cuidar de la buena presentación de nuestra persona? ¿En la buena presentación de nuestros sermones? ¿En el cumplimiento de nuestros deberes económicos? ¿En nuestro celo por cuidar y defender las cosas que consideramos justas? O, ¿en esforzarnos por hacer muchas y grandes cosas? ¡Seguro que sí! Pero además agrego: ¿no son similares a estas cosas las actuaciones de los hombres que desempeñan aquí en la tierra otro sinnúmero de oficios? Acabamos de establecer que el oficio del ministerio es diferente que todos los oficios (y lo es), ¿pero dónde entonces está la diferencia? ¡Oh, carísimos!, con un reconocimiento lleno de una emoción reverente con eso, que como lo inmenso de los abismos que separan la tierra del tercer cielo, así es lo grande de la diferencia que separa la vocación santa del ministerio, de todos los o oficios terrenales, que se resume en esta mística expresión: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil. 2:5).

Ahora, ¿hay este sentir en nosotros? ¿Nos hemos negado a nosotros mismos? ¿Somos santos así como Él es santo? ¿Somos mansos y humildes de corazón? ¿Nos amamos los unos a los otros? ¿Somos limpios de manos y puros de corazón? ¿Buscamos servir en vez de ser servidos? ¿No nos enseñoreamos de las heredades del Señor? ¿Nada hacemos por contienda ni por vanagloria? ¿No buscamos nuestro propio bien sino el de los demás? ¿Es a tal grado nuestra entrega al Maestro que estamos dispuestos a sacrificar no tan solamente “nuestro ego”, sino aun nuestras vidas por amor a Él y a Su causa?

¡Oh hermano y compañero mío!, así como yo solo en la intimidad de mi alma estoy escribiendo estas letras delante de mi Maestro, así tú solo en la intimidad de tu alma estás leyendo delante de tu Maestro. Te invito a que en secreto eleves juntamente conmigo esta oración: “Señor, Tú que conoces todas las cosas y escudriñas los corazones, mírame, soy ministro Tuyo, Tú me has llamado y así me has honrado, pesa y prueba mi vida, enséname y hazme ver siempre mis errores, quita de mí toda escoria y ayúdame, porque reconozco que sin Ti nada soy. Tu bendición asista mi ministerio a cada día, porque Tú sabes que lo que más anhelo es SER HALLADO FIEL. Amén”.

Anécdota: dijo un misionero inglés de sangre noble a su hijo quien había sido llamado por Dios para el ministerio: Hijo mío, nunca te subajes dejando de ser ministro, ni por ser rey de Inglaterra. Dios te bendiga.

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