No satisfagáis la concupiscencia de la carne

Este artículo es la versión completa del que fue publicado parcialmente en nuestra revista Maranatha.

No satisfagáis la concupiscencia de la carne

 “Digo pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis la concupiscencia de la carne” (Gál. 5:16).

Es un privilegio para mí el escribir estas palabras para la juventud por este periódico Maranatha. Que el Señor los bendiga y los guarde en esta jornada. Espero poder animarlos, así como yo he sido animado, ayudado y he recibido consejo.

El tema de la lascivia es un tema muy difícil de deliberar; es una batalla que no para. La lujuria, ¿qué es? ¿Cómo se nos apega a nosotros? ¿Por qué no la podemos vencer? Muchos reducen la lujuria sólo a los deseos sexuales, pero esto va más allá y cubre un terreno más amplio. Está en todo nuestro derredor y busca cómo apegarse a nosotros cuando menos lo esperamos. Muchos definen la lujuria como un fuerte deseo. Sin embargo, la lujuria es el hacer, el tener lo que el Señor prohíbe que tengamos y que hagamos. También se puede definir de la siguiente manera: permitir voluntariamente que las satisfacciones carnales operen en el interior. El apóstol Pablo escribe en Romanos 7:7 lo siguiente: “…porque tampoco conociera la concupiscencia, si la ley no dijera: No codiciarás”.

La lascivia se convierte en un “equipaje” pesado. Entre más codiciamos más pesa ese “equipaje” y más difícil es seguir a Dios “en espíritu y en verdad” (Jn. 4:22). Traemos este “equipaje” a nuestros hogares, separándonos con ello de nuestros padres, nuestros hermanos y otras relaciones. Este mismo “equipaje” nos sigue en nuestras actividades de la Iglesia, en el trabajo, en la escuela y luego entra también en nuestro matrimonio. Un pecado se conecta con otro, un deseo abre la puerta para otro. Nuestra lujuria nos dice que tiene que tener ese carro nuevo, ese nuevo teléfono, esa muchacha o muchacho. Le damos toda nuestra atención a las cosas materiales. Rápidamente empezamos a ignorar a Dios y a adorar aquello que codiciamos. 

Está escrito que el Señor vino a Moisés (Dt. 31:16-18) y le dijo que el pueblo de Israel habría de caer en la asimilación. El Señor le dijo a Moisés en el Verso 19 que escribiera un canto: “…que este cántico me sea por testigo contra los hijos de Israel”. Si ponemos más atención al canto, podemos ver que Moisés advierte a Israel que no “fornicara tras los dioses ajenos de la tierra adonde va”. Yo mismo en un tiempo caí en la lascivia de este mundo. Yo codicié los deportes, muchachas, trabajos, carreras y el “yo”. Estaba yo tan atrapado en ello que no podía escuchar el consejo de mis padres y de mi pastor. Lo único que me ayudó para ser libre fue cuando empecé a buscar el Espíritu de Dios. Aprendí a recitar Textos bíblicos en lugar de pensar en mis deseos. Empecé a caminar por fe y no por vista (2 Cor. 5:7). Empecé a orar con todo mi corazón. He entendido que soy un perro que todavía sigue comiendo de la mesa de mi Maestro, pues “aun los perros comen de las migajas que caen de la mesa de su Señor” (Mt. 15:27). Sé que no hay nada bueno en mí, sino sólo mi Señor quien me llamó a Su luz admirable. 

Hay que pelear en contra de la lascivia usando el Espíritu de Dios. Hay que escuchar música cristiana de adoración con significado, música que tiene testimonio de poder detrás de ella (tenemos un gran ejemplo: los cantos que el Señor inspiró a nuestro pastor Efraim Valverde, Sr.). Aprendamos a “orad sin cesar” (1 Tes. 5:17). 

Doy gracias a Dios por mis padres. Ellos me enseñaron a cantar cantos de adoración, a orar sin cesar, a escudriñar la Escrituras y a vivir una vida piadosa. Ellos no se dieron por vencidos, pues esperaron el milagro de Dios en mí y me confrontaban con las verdades de la Palabra de Dios. Su instrucción fue con amor. Si tienes padres que no temen a Dios, busca un mentor espiritual (un pastor o un hombre o mujer de Dios) que hable verdad de Dios a tu vida. 

Es una bendición ahora ser un esposo, para mí, mi esposa es un perfecto regalo de Dios: Daniela Gutiérrez. Entiendo que no me la dio Dios para vaciar en ella mi “equipaje” y arruinar su vida, sino para animar y ayudar a crecer al hijo de Dios en ella. Debemos entender que lo que hacemos hoy afectará nuestro futuro. Una mujer de Dios no quiere un hombre flojo y pecador, y de la misma manera, un hombre de Dios no quiere una mujer mundana y llena de vanidad. El “equipaje” del que hablamos cría ciclos desordenados y sin razón en los cónyuges. Por favor examinemos nuestro diario caminar y permitámosle a Dios que trabaje en nosotros para que ponga así también ponga en nostros “el querer y el hacer… Su buena voluntad” (Fil. 2:13).

Su hermano, Jonathan Gutiérrez de Salinas CA.

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3 Comentarios | Escribir Comentario
  • Hilario

    Hola Dios lo bendiga, me gustó lo q escribió yo soy un joven nuevo en Cristo y soy el primero de la familia, yo acepte al Señor no xq fuero alguien muy malvado, pero si cresi en lo q el mundo Ofrese,y eso q le yaman los deceo q carnal es lo más me a costado sobre las mirar las mujeres no de la iglesia si no cuando salgo ala calle voy al trabjo, mujeres q se visten con ropa, muy pekeña y eso es mi batalla de todos los días de cuidar mis ojos preciosos

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  • Jesse Blanco

    Este a articulo sera mi lumbrero para entender. Porque esta mi matrimonio como esta? Dios quiera que puedo hav cuidar lo que EL me a dado la oportunidad para prosperar y bendecir a Oreos.

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  • Jesse Blanco

    Bendecir a otros.

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