Efecto Positivo De La Confesión

"Confesaos vuestras faltas los unos á los otros, para que seáis sanos; la oración del justo puede mucho." Santiago 5:16

No es de extrañar el que más de alguno de mis lectores, de entre aquellos que en otro tiempo estuvieron presos mentalmente en el Confesionario Romano, al leer el encabezado de este artículo puedan pensar que estoy tratando de volverlos a algo parecido, o a lo mismo. La verdad es que del texto bíblico inicial no es originario de Roma ni de alguna otra institución religiosa autodenominada cristiana, sino la instrucción del Espíritu Santo para los creyentes en Jesucristo el Señor por medio del apóstol Santiago, o sea “Jacobo el hermano del Señor” (Gálatas 1:19). La realidad es que tanto “el confesionario” como otras doctrinas de error entre el profesante cristianismo hasta hoy, son interpretaciones sacadas del Libro Santo, “las cuales los indoctos e inconstantes (han torcido), como también las otras Escrituras, para perdición de sí mismos” (II Pedro 3:16). Y han sido “muchos (han seguido) sus disoluciones, por los cuales el camino de la verdad (ha sido) es blasfemado” (II Pedro 2:2). Mas delante del Señor tenemos que sostener el hecho de que todas las interpretaciones torcidas nunca podrían invalidar las verdades que residen en la bendita y santa Palabra de Dios.

¿Cuál es la verdadera confesión?

La declaración del apóstol Santiago es sencilla, clara y sin complicaciones: “Confesaos vuestras faltas unos a otros”. La expresión no implica en ninguna manera que el penitente tuviere que ir ante algún personaje con poderes mágicos a darte razón de sus debilidades, tentaciones o pecados, sino “unos a otros”. En el caso de esta sencilla “confesión”, el intento principal delEspíritu es invitar al creyente para que humille su carne descubriendo aquellas cosas y acciones en su vida que le son penosas y vergonzosas al descubrirlas. Ya desde la antigüedad estaba ordenado al pueblo de Israel que no encubriera sus pecados, porque al hacerlo acarreaba anatema(maldición) sobre el resto del pueblo de Dios (léase Josué 7:26). Y el proverbio dice claramente que: “el que encubre sus pecados no prosperará, mas el que los confiesa y se aparte, alcanzará misericordia.”(Prov. 28:13).

Ciertamente que el Señor sabe todo lo que hacemos y decimos, como también todo lo que pensamos y sentimos, y nadie puede encubrir delante de Él sus culpas y pecados. Mas la voluntad de Dios es que el creyente avergüence y humille su carne al decírselos a alguien más aparte de Dios. Es grande el número de cristianos que he conocido y tratado durante los años de mi ministerio (miembros y ministros), quienes han acarreado maldición sobre sí mismos, y aun sobre sus familias, al encubrir sus pecados al son de retener “su dignidad y honorabilidad”. A estos cristianos el enemigo los ha engañado haciéndolos creer que con guardar silencio y fingir un nivel de espiritualidad que en verdad no tienen, al pasar del tiempo todo se va a normalizar y a estar bien. La verdad es que tal cosa nunca ha podido ni podrá ser así.

Ciertamente que ante los ojos de los hombres, “el que encubre sus pecados” sí, puede adquirir un grado menor o mayor de normalidad con su silencio y con su fingimiento. Pero el Señor nos dice que Él “mira no lo que el hombre mira. Pues que el hombre mira lo que está delante de sus ojos, mas el Señor mira el corazón” (I S. 16:7), así que “Dios no puede ser burlado” (Gálatas 6:7). Por tanto, tarde o temprano el pecado escondido tiene que salir a luz. Y si aun el orgulloso e inconfesado cristiano consigue vivir toda una vida escondiendo sus pecados, al final está “El Tribunal de Cristo” (II Co. 5:10) en el cual no habrá escape (Léase Salmo 50:16-23). Así que la confesión en una humillación de corazón es la medicina que puede aliviar y sostener sano al creyente que desea en realidad ver el rostro del Señor en gloria. Por eso he intitulado este tema: “El Efecto Positivo de la Confesión”.

¿Qué es lo que podemos y debemos confesar?

Al estar leyendo este artículo alguien podrá justificarse y decir para sí mismo: “Yo no he cometido ningún pecado mayor, por tanto el tema de la confesión no tiene objeto para mí”. Por principio de cuentas esa manera de razonar ya es en sí pecado por cuanto nadie se puede justificar de sí mismo ante Dios, puesto que “la inmundicia de la carne” nunca deja de estar en el creyente (I Pedro 3:21). No sin razón está escrito que: “no hay justo ni aun uno” (Romanos 3:10). Juan apóstol por su parte nos dice que: “si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad. Si dijéremos que no hemos pecado, lo hacemos a Él mentiroso, y Su palabra no está en nosotros” (I Juan 1:8-10).

David le dice al Señor: “Los errores, ¿quién los entenderá? Líbrame de los que me son ocultos”(Salmo 19:12). Eliu, hablando en ese mismo entendido con Job, dice también: “Enséñame tú lo que no veo, que si hice mal, no lo haré más” (Job 34:32). Es imposible enumerar todas las expresiones similares, mas lo dicho es suficiente para que el creyente sincero acepte que la conviene confesar. Juan apóstol menciona “la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida” (I Juan 2:16), pecados comunes de la vida de los hijos de Dios. Pues, ¿quién es el cristiano que pueda evitar completamente el que la concupiscencia que reside en su carne lo haga sentir lo que él mismo no quiere sentir? ¿Quién es el que pueda  controlar en forma completa la concupiscencia de sus ojos? ¿El que pueda en forma perfecta controlar su legua? Por cierto que el apóstol Santiago nos habla bastante claro y fuerte (Santiago 3:1-12).

Ciertamente que los cristianos los que tememos a Dios, ayudándonos por el poder de Su Santo Espíritu vivimos haciendo todo lo posible por “amortiguar nuestros miembros que están sobre la tierra” (Colosenses 3:5). Cuidamos hasta donde nos alcanza el entendimiento de no pecar con nuestras palabras, y de que todas nuestras acciones sean justas y correctas delante del Señor, pero conscientes también de que están a nuestro derredor los que miran lo que hacemos y que oyen lo que decimos. Actuando en esta forma podemos (y ciertamente que aun debemos) cultivar un buen testimonio ante los que nos rodearen, y fomentar un concepto de justicia y aun de rectitud. Y esto mayormente aquellos que por El Señor hemos sido llamados para ser “dechados (ejemplos) de la grey” (I Pedro 5:3). Pero todos, sin excepción, tenemos que admitir que muchas veces, aun cuando menos se espera, asaltan en el camino al cristiano aquellos sentimiento y pensamientos pecaminosos (indeseables por cierto) que nadie más que él mismo lo sabe. Pues mientras esos pensamientos y sentimientos negativos (que son secretos en la vida de cada creyente) no se convierten en palabras o en acciones, no puedan ser vistos ni oídos por otros, y eso está perfectamente correcto. Pero todos sabemos que nuestro Dios (y también nuestro enemigo) si sabe que allí están. Y esto debe ser más que suficiente razón para que el cristiano sincero, fuere ahora miembro o ministro, viva en un continuo reconocimiento de su propia“miseria” (Romanos 7:24). Y que está en pie en el “camino” (Hechos 19:23) solo por la Sangre redentora (I Juan 1:7) y la maravillosa Gracia de Dios.

Al decir esto repito que es posible que más de alguno de los “justos” de entre los muchos que sé que hay, diga en su corazón que él (o ella) nunca le ha pasado nada malo o sucio por la mente, ni tampoco ha sentido nunca algo pecaminoso. A esos “justos” pregunto individualmente: ¿eres tú mejor que Pablo el gran apóstol de los gentiles, el hombre de Dios en quien residieron todos los dones del Espíritu Santo? Y este gran siervo del Señor humilló su carne confesando su flaqueza humana diciendo entre otras muchas declaraciones al respecto: “Yo sé que en mí (es a saber en mi carne) no mora el bien” (Léase Romanos 7:15-25).

Quiénes, y con quién conviene confesar

Todos los conocedores de la Biblia sabemos que el Autor del Libro Santo no encubre las flaquezas y pecados de unos y otros de los héroes bíblicos. Al mismo Abraham, “el amigo de Dios”, la Biblia no le encubre sus fallas y pecados. Lo mismo podemos decir de David, el distinguido rey de Israel, y de otros más. De Elías, el tremendo profeta de fuego, Santiago apóstol nos dice “era hombre sujeto a semejantes pasiones que nosotros” (Santiago 5:17). Al igual que Pablo, muchos otros grandes hombres (y mujeres) de Dios supieron también humillar su carne, y confesaron sus flaquezas, tentaciones y pecados. En nuestros ambientes cristianos me consta (hablando a nivel mundial), que prevalece una grande mayoría entre los creyentes (y más entre el ministerio), que caminan tratando siempre de ignorar la realidad de “las inmundicias de la carne” que reside innegablemente en su propia humanidad. A tal grado se acostumbran éstos a fingir y a esconder las “pasiones” de su carne, que llega el tiempo en que lo hacen con toda naturalidad. Otros van aun más allá en su ofuscación. Estos son los que no solamente ignoran voluntariamente “la inmundicia de su carne”, mas aun niegan su existencia fingiendo e ignorando la verdad de la Palabra.

Desde el momento que estos profesantes cristianos no reconocen su condición pecaminosa, mucho menos la van a confesar. Pues creen que haciendo así es como pueden cuidar de su honorabilidad, e inclusive incrementar su personalidad. No realizan que han sido engañados por el enemigo quien los impulsa a guardar una apariencia de perfección que ellos mismos saben que no tienen. Y así cegados no pueden ya mirar que están perdiendo esa bendición que reside en el confesar. Al principio digo que la confesión de nuestras fallas, tentaciones y pecados, no tiene que ser precisamente ante una persona especial, con un alto grado de autoridad espiritual. Ciertamente que tal forma pudiere ser la más indicada al haber disponible algún hombre de Dios con un ministerio distinguido. Pero puede ser también un pastor humilde y sin mayor distinción, pero cuyo testimonio ya por los años estuviere confirmado por el Señor ante el pueblo a quien ha ministrado. También puede ser un vaso fiel y firme entre la congregación, pues la verdad es que Santiago dice sencillamente: “unos a otros”.

Ciertamente que los más indicados para que los creyentes confiesen sus culpas, sus tentaciones y sus angustias espirituales, deben ser por lo regular los pastores de las congregaciones. Pero me es lamentable decir que esto no es necesariamente una regla infalible. Y digo esto porque a lo largo de los años he tenido muchas veces que ayudar a cristianos cuya vida espiritual ha sido afectada (y a veces aun arruinada) por un pastor insensato. Pues queriendo el creyente descargar su conciencia ha confesado los dolorosos y aun vergonzosos secretos de su vida al pastor. Y éste no solamente ha dado algunas veces un consejo incorrecto, mas aun ha divulgado esa confesión tornándola en difamación para el confesante. Pero la misma advertencia que hago con respecto al ministerio insensato, la hago también al tratarse de la confesión mutua- o sea de hermano a hermano-. El cristiano debe siempre fijarse bien con quien comparte sus sentimientos y los secretos de su corazón. Pues también he sido testigo de multitudes de ocasiones en las que cristianos humildes y sencillos pero incautos, abren fácilmente y con sinceridad sus corazones a hermanos o hermanas locuaces amantes de saber las vidas ajenas, y después les ha pesado amargamente el haberlo hecho.

Una advertencia final

Lo dicho en el aspecto negativo es únicamente cual una advertencia para que el creyente fiel se cuide. Pero esto no debe en ninguna manera usarse como una razón o excusa para no cumplir con la ordenanza del Espíritu Santo por medio de Santiago apóstol. Pues me consta, porque le he visto cumplirse en mi propia vida y en las de muchos de los hijos de Dios quienes conmigo se han allegado, que la confesión mutua recomendada en la Palabra de Señor produce invariablemente vida espiritual, y una bendición única y especial para el cristiano sincero. Una bendición que solamente la han experimentado aquellos creyentes que han sabido humillarse, y han abierto su corazón ante Dios y ante su hermano. Pues la Palabra del Señor, repito, no puede fallar cuando dice: “El que encubre sus pecados no prosperará, mas el que los confiesa y se aparte, alcanzará misericordia”.

Si tú estás contado, mi hermano (o mi hermana), entre el número de los que confesando han experimentado la bendición aludida, que lo aquí dicho reconfirme tu sentir. Mi oración ante el Señor, que sabe quién eres, es que sigas “caminando en la luz” descubriendo lo negativo que reside en tu carne. Que sigas procurando de continuo el obtener esa “sanidad” que reside en el confesar, complementado ello con “la oración del justo (que) puede mucho” (Santiago 5:16). En cambio si tú eres uno de los que por no entender lo aquí explicado has sido privado de la bendición aludida, hoy es el tiempo de empezar a recibirla. Si eres de los que por no abrir su corazón y su boca, has acarreado frustración y aun miseria en tu vida espiritual, te invito a que pruebes al Señor haciendo como aconseja Santiago. Y si eres de los que el orgullo los ha cegado, espero que medites en una forma seria y sincera en esta sencilla pero profunda ordenanza:“Confesaos Vuestras Faltas unos a Otros”.

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