Confía, Te dice Dios, Mi Hermano

“No temas, que Yo soy contigo, no desmayes, que yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Is. 41:10).

“Hermano, ya no hallo qué hacer, me siento muy desesperado(a). Creo que ya no puedo más. Ore por mí”. Esta expresión de desespero, o algo muy parecido, la he oído muchas veces en el transcurso de mi ministerio. Y no solamente entre las gentes que no conocen al Señor Jesús, ni entre los cristianos que lo son nomás de nombre, sino entre los fieles hijos de Dios. Y esto no nomás entre aquellos que son relativamente nuevos en el Camino del Señor, lo cual es fácil de entenderlo, mas entre los cristianos, incluyendo ministros, que los son ya de tiempo. Pues la innegable realidad es que el sentirse en una situación semejante es algo que fácilmente puede sucederle a cualquier fiel hijo de Dios.

 

Advierto que no me refiero aquí a las exclamaciones comunes de los hijos de Dios que son para pedir el consejo, la ayuda y la oración los unos de los otros, sino a la exclamación desesperante aludida. El presente comentario, por lo tanto, es con el fin de ayudar a los fieles hijos de Dios que están hoy en peligro de caer víctimas de la desesperación. Es con el propósito de estimular la fe de aquellos cristianos a quienes esto les ha pasado, o que les estuviere hoy pasando. Es para tratar de librar de esa prisión espiritual y metal (la desesperación), a los santos que el diablo ha logrado atrapar en ella. Una prisión que a pesar de ser algo relativamente común entre el pueblo de Dios, no deja por ello de ser deprimente y peligrosa para quienes la estuvieren viviendo.

Lo menos que hago es acusar de faltos de fe a mis hermanos. Ese es el trabajo del diablo. Lo escrito aquí es para tratar de ayudar a mi hermano(a) para que sea libre de esa prisión. Empiezo señalando que hay dos clases de situaciones “desesperantes”: una consiste en aquellas pruebas comunes que pueden catalogarse como regulares, pero que quien las sufre piensa que son desesperantes. Problemas y situaciones que si las ve con detenimiento no tiene en verdad una razón fuerte para que las llamemos así. Casos en los que el diablo pone frente al cristiano un pequeño cerro, y luego hace que lo mire como si fuera una terrible e inaccesible montaña. Situaciones donde todo es clamar al Señor, pasar sobre aquel cerrito y seguir hacia adelante.

Cuando el problema es ordinario no hay que dejar que se haga desesperante en la mente. Pues a causa del ambiente holgado que hoy nos rodea hay muchos creyentes en el Señor (incluyendo ministros) quienes ciertamente son humildes y sinceros, pero que necesitan ejercitar más su confianza en Dios para valerse por sí mismos. Muchos de ellos, aun con un sentir noble, han fomentado la costumbre de estar siempre ayudados y dependiendo en todo de sus ministros o de sus hermanos. No se determinan a confiar por sí mismo en el Señor y hacerle frente a problemas que ellos mismos pudieran resolver. Las situaciones desesperantes que los agobian no lo son en realidad. A estos sus hijos El Señor Jesús les dice que necesitan hoy poner más su confianza en Él, porque vienen pronto días difíciles en que no van a tener cerca ministros o hermanos de quien depender para todo.

La otra clase de situación desesperante es la de aquellos cristianos quienes están sufriendo hoy en realidad, tremendas y pesadas pruebas. Pruebas que son aun de vida o de muerte. Situaciones que son en verdad desesperantes, agonizantes, duras y dolorosas, para las que humanamente no se encuentra en realidad solución. Unas son físicas o materiales, ahora tanto personales como familiares. Otras son de carácter moral, convertidas ya algunas de ellas en tormentas espirituales.

Imposible me sería el describir todos los aspectos de esas situaciones realmente desesperantes entre los fieles hijos de Dios. En cambio muchas de ellas a mí me constan por cuento conozco a los santos que hoy las están padeciendo: Humildes ministros del Señor, fieles hombres de Dios, santas mujeres cristianas, jóvenes que han probado su amor hacia el Señor.

Y allí están esos santos sufriendo ellos mismos, o viendo sufrir a sus seres queridos, dolorosas e incurables enfermedades. Aquellas fieles esposas cristianas sufriendo una vida de infierno en manos de un marido poseído por el demonio. Aquellas madres en agonía al ver a sus hijos siendo destruidos física y espiritualmente por el diablo. Hijos cristianos traumatizados a causa del comportamiento desviado de un padre (y a veces de una madre) sin entendimiento. Cristianos fieles sintiendo la tremenda angustia de ver a sus seres queridos sumidos en el vicio y en las drogas, o hundidos por una vida en las prisiones. Matrimonios cristianos (inclusive de ministros) siendo miserablemente arruinados y destruidos por Satanás. Hijos fieles de Dios sufriendo tragedias increíbles de angustias y de agonías para las cuales no hay solución humana. A estos mis hermanos va dirigido especialmente el presente mensaje.

Advierto que entre todos los hijos de Dios que están viviendo hoy estas pruebas - las cuales son realmente para desesperarse – está un número especial de hijos de Dios a quienes no los conmueve nada ni nadie. Cristianos quienes han tenido y tienen hoy más que razón para desesperarse, pero que nunca han exhalado la exclamación que señalo al principio. Y teniéndome el Señor contado también en ese número, el conocer y tratar a algunos de estos santos ha sido siempre de gozo y de bendición. Pero con certeza puedo decir que tanto ellos como también yo, podemos testificar que lo que nos asiste para actuar así no es en lo mínimo fuerza propia. Es una fortaleza espiritual en la cual no tenemos crédito propio. Fortaleza que nos es dada de Dios no para que nos gloriemos, sino para usarla ayudándole a nuestros hermanos “pequeñitos” (Mt. 25:40).

Por lo tanto ahora, entendidos de lo dicho, me dirijo a mis hermanos, a los pequeñitos amados del Señor. A aquellos fieles creyentes y ministros quienes estuvieren experimentando hoy alguna de estas situaciones verdaderamente desesperantes. Digo con certeza, delante del Señor quien conoce mi corazón, que por la inspiración del Espíritu Santo estoy escribiendo este mensaje. Sé por tanto que nuestro Dios va a usar estas letras una vez más para corroborar la fe de mis hermanos en aflicción, librándolos del demonio de la desesperación. Inclusive tengo la certeza también que va a obrar en la manera como Él sabe y puede hacerlo, para que algunos sean liberados aun literalmente de la dura situación en que hoy se encontraren. Pues estoy escribiendo este mensaje con la plena seguridad de que mi Dios no va a dejar caer a tierra mis palabras.

Así que a ti me dirijo, mi hermano, mi hermana. A ti, a quien el enemigo, aprovechándose de esa pesada situación en que te encuentras, ha estado tratando todos estos días de hacerte que te sientas desesperado al grado de pensar que ya no vas a poder aguantar más. El enemigo te ha dicho que ya no tiene caso el que sigas confiado en el Señor, porque realmente tu situación no tiene remedio. Te ha dicho también que esos seres queridos por quienes has estado pidiendo a Dios, no hay esperanzas de que cambien. Te ha dicho que tu vida cristiana y también que el ministerio es un fracaso, y que la prueba de ello es precisamente la situación en que hoy te encuentras. Te ha acusado de todas tus fallas, defectos y errores, y te ha dicho que tus oraciones no las oye Dios; y que por lo tanto las cosas nunca van a cambiar. Que tú estás maldito(a), y que la realidad es que has estado perdiendo miserablemente el tiempo ayunando y llorando delante de la presencia de Dios. Encima de todo lo dicho y mucho más, te ha atormentado diciéndote que tus hermanos en la fe no te quieren, y que a tus ministros no les importas. Que tus compañeros en el ministerio son falsos, y que no tienen amor. Hasta te ha hecho ver como que te miran y se burlan de tu calamidad y dolor. Te ha hecho sentir como que nadie comprende la dura situación por la que tú y los tuyos están pasando. Y más de una vez ha llegado hasta el grado de decirte que ya no tiene caso que vivas, y que te quites tú mismo(a) la vida.

Tú sabes, mi hermano, mi hermana que tanto con algunas de las expresiones dichas, como con algunas otras más, el diablo ha trabajado en tu mente durante los días de dura aflicción. Pues quiere que te desesperes y pierdas tu lugar como hijo de Dios, para luego acusarte también por ello. Mas ahora quiero decirte en el nombre de Jesucristo el Señor, a ti mi hermano fiel, mi hermana fiel, mi compañero fiel en el ministerio, que no te sientas enjuiciado de Dios al mirar que eres tentado por la desesperación. Es común, recuerda, que entre el pueblo que ama al Señor pase esto. El está viendo que en medio de tu aflicción, con muchas fallas y flaquezas ciertamente, no has dejado de clamar y de esperar en la respuesta de parte de tu Dios. Esa es precisamente la razón por la cual el Señor te ha estado hablando ahora por este mensaje.

Todo eso que el diablo te ha dicho, aprovechándose de tu agonía, son mentiras; nada de ello es verdad. ¿Por qué te digo esto con tanta seguridad? Porque me consta que la palabra de Dios es la verdad, y que Sus promesas no pueden fallar, principiando con aquella en que dijo: “Y he aquí, Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Tu también lo sabes, y aun estás sintiendo que esto es verdad. Son muchas las promesas y mensajes que están en la Palabra de nuestro Dios, y cubren no solamente todos los aspectos y situaciones de nuestra vida terrena mas aun nuestra vida en la eternidad. Imposible transcribirlas todas en estas cuantas hojas. Pero sé que tú las conoces y las has creído, mi hermano(a). ¿Y esto, por qué? Por la maravillosa razón de que tú eres un hijo de Dios. Y ese privilegio es supremo sobre todos los cielos, y en el mismo paraíso (II Cor. 12:2-4). Ahora, el hecho de que has estado siendo probado tan duramente no es porque el Señor no te ama. Antes por lo contrario tú estás contado en ese número muy especial para el Señor, pues mira como nos dice: “Porque a vosotros es concedido por Cristo, no solo que creáis en Él, sino también que padezcáis por Él (Fil. 1:29).

Tú has sido inclusive participante de ese “bautismo de fuego” (Mt.20:22), por el que el Señor ha permitido siempre que pasemos sus hijos fieles. Mi hermano(a), el Señor está aquí contigo, y tú estás sintiendo en estos momentos Su presencia. Oye Su voz, Él es quien te dice: “No temas, que Yo soy contigo, no desmayes que Yo soy tu Dios que te esfuerzo, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia”. ¡Créelo hermano(a)! Tú sabes que el Señor conoce perfectamente tu presente situación, y sabes a la vez que todas las cosas están en sus manos. Él sabe qué hace con el mundo y la creación entera, con mayor razón con la vida de cada uno de Sus pequeñitos. Si Él quiere puede cambiar todo el rumbo de tu situación presente. Pero también si Él quiere puede probarnos duramente y tú y yo sabemos que Él sabe mejor que nosotros lo que está haciendo. Sabemos que Él no se equivoca. Tengamos por tanto siempre presente la realidad más tremenda que pueda haber y esta es, que Él es Dios, y nosotros somos polvo. De Él está dicho: “En Dios hay una majestad terrible. El es Todopoderoso, al cual no alcanzamos, grande en potencia” (Job. 37:22,23).

Ciertamente que nuestro Dios es amor (y nosotros Sus hijos sabemos que esto es verdad porque hemos sido recipientes de Su amor), pero está escrito que también “es fuego consumidor” (He. 12:29). El mensaje hoy popular de que los hijos de Dios estamos destinados para no sufrir, es un mensaje originado en el mismo infierno. ¡Cuidado, mi hermanos(a), con beber ese vino! A lo largo de todas las Sagradas Escrituras tenemos el testimonio de lo contrario, culminando con la misma vida humana de nuestro Señor Jesucristo. Imposible me es darte todas las citas bíblicas al respecto. Pero tú las sabes. La voluntad de Dios ha sido siempre el probar a Sus hijos por medio del dolor y la angustia, y ser Él así glorificado en la fidelidad nuestra. Al estar nosotros en medio de la tribulación (de cualquier forma que ésta fuere), Satanás trabaja en nuestra flaqueza humana tratando de que veamos nuestra tribulación en una forma negativa. Y… ¿le vamos a hacer caso al diablo, mi hermano(a)? ¿Vamos a olvidar lo que está dicho además de ser participantes de la  gracia y de la misma gloria de Dios, “aún nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la paciencia, prueba; y la prueba esperanza, y la esperanza no avergüenza porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado” (Ro. 5:3-5).

Además, mi hermano(a), la maravillosa verdad sobre todo lo que en este mundo tuviéremos de experimentar es que “nuestra vivienda es en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo. El cual (pronto ya, en Su segunda venida) transformará el cuerpo de nuestra bajeza, para ser semejante al cuerpo de Su gloria” (Fil. 3:20, 21). Así que, mi hermano(a) por más dura que fuere la prueba, te invito a que digas junto conmigo (pues mi Señor sabe mejor que yo mismo no estoy ahorita “en un lecho de rosas”): “Porque tengo por cierto que lo que aquí se padece, no es de comparar con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada” (Ro. 8:18).

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